Medio siglo de fidelidad sacerdotal de Lino Ferrari

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Lino

El rostro siempre alegre, los cabellos escasos ahora, aunque nunca los tuvo abundantes, la mirada cariñosa, el tono de voz agudo de un italiano que aprendió tan bien el español que fue profesor de la materia. Lino Ferrari Centomo llegó a los 50 años de vida sacerdotal y parece tener cuerda para rato.

En medio de sus hermanos salesianos celebró, el pasado sábado 9 de junio, sus bodas de oro de ordenación sacerdotal, con la misa oficiada en la Basílica de María Auxiliadora en El Prado de La Paz.

Catequistas, miembros de la parroquia de María Auxiliadora, monaguillos, voluntarias, el coro y los amigos del párroco llenaron la Iglesia y los sacerdotes salesianos estuvieron en la Eucaristía.

Hombre sencillo, de palabra justa y consagrado a su vocación, el Padre Lino recordó en la antesala de Pentecostés, que todo es obra del Espíritu Santo que “le regaló 50 años de alegría en medio de los jóvenes, además de ser sólo una parte del gran cuerpo de la Iglesia”.

Vestido con una casulla dorada por esta boda de oro sacerdotal, tuvo que esperar media hora antes de volver a la sacristía para quitarse el ornamento ya que abundaron las fotografía, los saludos y parabienes.

El padre Lino desarrolló gran parte de su tarea pastoral en Cochabamba, junto a los jóvenes que aspiran a llegar al sacerdocio y con los campesinos de la zona, con quienes escribió bellas páginas de la amplia historia salesiana.

Ante las diferencias de los pueblos Llaukinkiri y Pojpocollo, en Cochabamba, decidió para una Semana Santa, hace tres décadas, realizar un encuentro en medio de ambos pueblos, portando cada uno de ellos una gran cruz. El encuentro serviría para hacer las rogativas, ya que del santo cielo no llegaban las lluvias y las cosechas peligraban. Apenas avanzaron los grupos, el cielo empezó a cubrirse de nubarrones, de manera que al llegar al punto de encuentro una llovizna acompañó la caminata y los rezos. No quedaba lugar a dudas: “el padre Lino era un santo”.

Cuidadoso con la comida y de físico esmirriado, se convirtió en el puntero derecho más peligroso de la zona, de modo que había que cuidarse de “sus escapadas”, en los torneos campesinos que se disputaban en Fátima Cochabamba, cuya gran arboleda también tiene su sello, porque de sus manos brotaron el cuidado, para estos árboles que hoy miden más de 10 metros de altura y le dan a esa casa salesiana una entrada digna de un palacio.

Alguna vez lo nombraron consejero en el colegio y su papel era el de llevar el orden y poner en orden a los díscolos, de manera que tuvo que adaptarse a ese rol, aunque lo suyo era ser amable, de manera que después de llamar la atención a los jóvenes, terminaba más triste que el reprendido. Ese puesto no era para él, pero la obediencia estaba ante todo y asentía con alegría, como el día que le dijeron que debía dejar Cochabamba para irse a la parroquia de María Auxiliadora de La Paz.

Y pasaron 50 años de entrega perseverante y alegre de un hombre que sabe escuchar más que hablar y que en la Universidad Salesiana lo tenemos cada vez que hay confesiones, porque Lino Ferrari es una gotita de amor que cayó del cielo a Bolivia, para que escuche a los jóvenes que necesitan consuelo.

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