Y se fue sonriendo

Desarrollo de la Noticia
Juanpi sonriente

Apareció en la pantalla sonriente. “Los he estado escuchando atentamente”, nos dijo e hizo una recapitulación de los puntos que tratamos en el Consejo Ejecutivo de la USB. Ni una queja, ni una muestra de dolor. “Acaban de revisarme las venas, las arterias y las carreteras de la sangre”, agregó y esbozó otra sonrisa.

No nos imaginábamos lo que sentía y padecía. Lo suyo era no preocupar a los otros sino preocuparse por los otros. El Padre Rector, Juan Pablo, Juampi, el Padre Juan Pablo o como quiera llamárselo, estaba cerrando su último mes calendario en esta tierra.

“Acá te presento a estos jóvenes que quieren ser salesianos, trata de ayudarlos”, me pidió el sacerdote. Los vi uno por uno, todos me observaban, me escaneaban, calculaban, menos uno que me miraba sonriendo, “mi nombre es Juan Pablo Zabala”, me dijo. Estaba empezando su vida como salesiano en el colegio Don Bosco de El Prado. Tenía dos virtudes: a cualquier trabajo decía que sí y en cualquier momento tenía el plus de la sonrisa, porque había nacido para ser feliz.

Entre aquel inicio y fin de esta interminable historia, las anécdotas se sucedieron. “Déjame que te cuente…” y pintaba la historia de detalles coloridos como el día que se olvidó ajustar la llanta del coche de uno de sus superiores, quien finalmente controló con gran susto el vehículo en una carretera de Perú; luego buscó al huidizo ‘Chavito’, al que le dijo: “ven para acá… y todavía sonríes”.

Pasaron los días, meses y años y en el nuevo encuentro me contó que se había ordenado sacerdote en 1994, que tuvo días felices en Quintanilla Don Bosco, que pasaba días maravillosos en medio de los jóvenes y que ahora buscaba en Italia el doctorado en Filosofía. Como corolario de su relato vino la acostumbrada anécdota y la recomendación “no se lo cuentes a nadie…”

Y Dios lo quiso. Volvimos a reunirnos, esta vez para trabajar. No sabía si decirle Padre Rector, Padre, Juan Pablo o Juanpi, aunque el tema central seguía siendo los jóvenes con menos oportunidades. “Ánimo, adelante”, eran sus palabras frecuentes; y su sonrisa te alegraba el día.

Cuando me informaron que estaba muy delicado en una clínica, luchando por su vida, me lo imaginé sonriente, preguntándole al Creador, si había cumplido su misión en la tierra. Seguramente vio bajar de la montaña, los pies del mensajero de la paz, quien tras dibujarle una sonrisa le dijo: tu misión ha terminado, toma mi mano y deja que tus hermanos terminen esta obra. Elevé los ojos al cielo y este 2 de marzo vi una nube que me sonreía, ahora me explico por qué no lloré; es que el cometa de mi imaginación me elevó al cielo para decirte: gracias.

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