René Sierra se fue corriendo a la casa del Padre

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René Sierra

Comía apurado, paseaba por el patio a ritmo acelerado, luego salía con el coche en rauda marcha, todo lo hacía en un santiamén, hasta que en algún momento caía de rodillas en la capilla para rezar con las manos cruzadas; es probable que ese era el único momento donde se sosegaba. Un sacerdote raro, así era René Sierra Mérida.

Los relatos llenos de onomatopeyas y gestos lo tenían siempre como protagonista. “No es lo mismo pásame la pinza, que písame la panza”, afirmaba con esa sonrisa amplia y esa barba pequeña y larga que siempre la acariciaba suavemente para que el interlocutor lo notara. Alguien lo bautizó como Ho Chi Min por su parecido con el líder vietnamita; finalmente le gustó el apodo y contaba su paso por Indochina con toques de fantasía. Fue hombre de ocurrencias permanentes; vaya uno a saber de dónde sacaba tantos relatos. Le era difícil sostener una charla, porque inmediatamente pasaba a otro grupo para amenizar la conversación. “Va a saltos por la vida, es un sacerdote acelerado”, lo definía uno de sus compañeros.

En la casa de Fátima en Cochabamba fue el director del Internado y sus alumnos, que hoy seguramente pasan los 50 años, lo recordarán como el futbolista capaz de llevarse el balón en la cabeza de un arco a otro, como el hombre que llegaba en el coche a velocidad impresionante o el profesor de matemáticas cuya voz se escuchaba una cuadra a la redonda.

Se enfadó cuando lo cambiaron al colegio Domingo Savio de La Paz, pero el enojo pasó a las pocas horas porque tenía nuevos amigos, nuevos alumnos y un nuevo auditorio a quien encandilar con sus historias. También se enfadó cuando tuvo que pasar a Don Bosco El Prado y luego a Muyurina en Santa Cruz. Es evidente que los años le iban pasando factura y la barbita y el cabello se pintaron de blanco, pero nunca dejó de mostrar que Dios Padre le había regalado una habilidad especial para tratar con sutileza el balón.

Algo hizo en Santa Cruz, para que los conscriptos lo adoptarán como el padre amado, a quien nunca le faltaba los dulces en el bolsillo y un escapulario para entregárselo al más rebelde. “Su orden mi Padre”, era la forma como le respondían esos mozalbetes que recibieron sus prédicas.

Si alguien cuenta que el padre Sierra le pegó un cabezazo en la frente para que recapacitara, o que le jaló las patillas en público recordándole que había que estudiar “ma-te-má-ti-cas”, no era una invención, era su estilo, su forma de ser.

Tenía sus propios gustos y afanes. Tal vez, porque vivía tan acelerado, es que le gustaba confesar, escuchar, mirar con ojos serenos al joven para invitarlo a cambiar de actitud. Amigo de dar las buenas noches, siguiendo la tradición de Don Bosco, siempre tenía algo atrayente que contar y cerrar su plática con una invocación divina.

René Sierra Mérida, paceño como pocos, hijo de Dios que abrazó la vocación sacerdotal con el toque de alegría salesiano, cerró los ojos este 29 de enero. Se puede asegurar que fue al encuentro del Padre apresurado, corriendo, sin pausa, porque lo suyo siempre fue vivir sin pausas, ganando almas jóvenes sin tiempo, seguro, firme, como el mejor de los regentes, pero con una diferencia: pese a ese carácter, nunca se hizo temer. Los que tuvieron la oportunidad de conocerlo dirán: curas como éste, nacen cada 100 años.

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