Una voz de esperanza con monseñor Olivero

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Mons. Olivero

“Cuando la esperanza ha terminado, la vida ha terminado”, expresó el obispo de Pinerolo, Italia, trayendo al presente la célebre reflexión del psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm, en el inicio de la XXXIX Jornada de Espiritualidad Salesiana este viernes 15 de enero de 2021.

Monseñor Derio pasó por la dura prueba del Covid y se aferró al sólido hierro de la esperanza en el Señor, para iluminar sus días del presente con una experiencia que lo fortificó, para invitar a pensar en una pastoral con nuevas categorías y una invitación al cambio de actitud a los pastoralistas en las distintas comunidades salesianas.

“El tiempo, el riesgo y el límite son esas tres columnas sobre las que se mantiene la esperanza, que es un deseo que nos lleva a pensar en lo que viene. El deseo requiere tiempo, aquel tiempo del que carecemos, que se nos presenta como antivalor, porque todo lo queremos de inmediato y la esperanza necesita de tiempo en una sociedad alérgica a la espera”, puntualizó a una audiencia de 4.000 personas de distintas nacionalidades, entre ellos 1.000 de habla hispana

“Necesitamos reducir la espera y el deseo, y la esperanza se toma su tiempo. El deseo supone también riesgo, porque no sabes si lo alcanzarás. El valor en nuestros tiempos es la seguridad y la certeza. El arriesgar lo consideramos antivalor. No sabemos qué hacer cuando estamos en riesgo. Nos queremos asegurar de todo y la esperanza es un riesgo. Tercero, el deseo va con los límites, esta es una de las cosas que repito a menudo. El adulto ha tocado con la mano los límites de la vida ha pasado por diversas experiencias. Tenemos dificultad de entender una vida con límites. Queremos soslayar los límites”, preciso en la primera parte de su exposición.

En este punto pasó a la reflexión personal y a la pregunta puntual: “¿Cuántos de nosotros en nuestras tareas diarias, afrontamos los riesgos del tiempo, límite y riesgo? No podemos hablar de esperanza si no ejercitamos esos valores que para la sociedad puede tener matiz de antivalor. Nuestra vida pastoral debe ser esperanzadora”.

“Cuando nos presentamos a un extraño decimos nuestro nombre, apellido, profesión y hablamos de los éxitos, pintamos lo significativo de nosotros. Las relaciones, en este plano son secundarias. La identidad es otra cosa. Cada uno de nosotros se pone al centro y el resto está alrededor, incluidas las personas, por lo tanto, somos incapaces de relación y confiarnos en el otro. Para superar esto hay que cambiar las categorías y trabajar de otra manera. Nuestra pastoral es todavía individual, centrada en nuestro quehacer. Incluso la misa, el sacramento por excelencia, debe ser comunión y ocurre que estamos distanciados en la Misa, cada uno en su lugar. Si la Misa es un conjunto de individuos y no signo de fraternidad no genera esperanza”, expuso el obispo.

Al lanzar la mirada sobre la cultura en general expresó que “se ha degradado la esperanza. Los filósofos y psicólogos que están en relación con personas deprimidas, observan que éstas no encuentran gusto a la vida. No se puede vivir sin esperanza. Erich Fromm decía que cuando la esperanza ha desaparecido la vida ha terminado. Esto es potente. Debemos entender que la esperanza es el dínamo de la vida humana. La cuestión de la esperanza es un tema cultural, una forma de ser en el mundo. Este valor se ha acentuado con la pandemia. La pandemia nos ha hecho sentir precariedad, no hay certezas, acelera la inseguridad, afuera de nuestro hogar se vive cerca de la muerte, viene la desesperanza, se espera la muerte. Y, por ende, apareció la soledad nos sentimos más solos. Esperar es siempre esperar con otros, para los otros, esperar en los otros y con ayuda de los otros y con el otro. Esto es fantástico. Nos pone al centro del Evangelio”.

“La pastoral tiene que ver con la fe, esa es la razón de la pastoral. Estuve 40 días con el Covid, fui entubado, y desentubado, tuve la sensación de haber llegado al límite de la vida y me di cuenta que la esperanza cristiana es potente. Es la esperanza que me ha dado tanta fuerza para decirle a la muerte, tú no tienes la última palabra. Nosotros tenemos el poder no por nosotros, sino por el don de Cristo que nos da el don de la certeza”.

“El corazón del cristianismo es la fe y tomo el texto de Rom 5.5.  y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado’. La esperanza no desilusiona porque el amor busca la plenitud, nos otorga ganas de vivir, y una vida plena. En nosotros se ha derramado el corazón del amor y gracias a ello nos da la posibilidad de la vida y eso nos genera fe. La esperanza solo existe si hay un espíritu de fe. Este es al gran desafío, el descubrir la credibilidad de Dios. Sí. Dios es la garantía, en quien podemos confiar siempre, es la luz que nos alumbra sobre la cuz. Nos da la certeza de que podemos esperar el cumplimiento de los otros, esto nos da enorme felicidad. Esta es la potencia del Evangelio, lo imposible se vuelve posible para Dios”.

A continuación, y tras ese análisis previo preguntó ¿qué podemos hacer? “Podemos recuperar esa confianza. En esa línea se debe cambiar el estilo y lenguaje. No se trata de hacer cosas diversas. Es cambiar el lenguaje. Hay una frase que dice que el cristianismo no existe todavía, es que debemos hacer vibrar en cada acción pastoral, la posibilidad de confianza. Ese es el problema de nuestra pastoral. Nos olvidamos del estupor y no generamos estupor, derroche, vitalidad, esos signos deberían impulsar y hacer brillar nuestra acción pastoral. No basta proclamar el Evangelio, es necesario proclamarlo con vitalidad interior”.

Recordando al filósofo danés Soren Kierkegaard apuntó que “la esencia no es lo que se predica, sino la predicación. La verdad está en el modo de decirlo. Hay que suscitar confianza en lo que se dice y tratar de suscitar el deseo. ¿Qué hacer para suscitar esperanza? Pasar del lenguaje de verdad, de seguridad, al lenguaje de posibilidad, al don, un lenguaje que necesita fe y confianza. Se debe entender que hacemos esto para que tú vivas, no para que hagas por hacer. Nuestra pastoral va todavía más al exigir que al ofrecer, sin pedir nada a cambio, debe ser una gratuidad, lo demás es chantaje. La pastoral no es para llenar iglesias, sino para ayudarte a ti. Para suscitar esperanza. Es necesario tocar lo concreto, que está siempre abierto a algo. En nuestro mensaje debemos tocar cosas de la vida; las homilías deben tocar temas de la vida y  en alguna ocasión romper lo preparado antes”.

Monseñor Olivero convocó a los sacerdotes a preparar mensajes de vida a hablar de temas concretos. “La esperanza llena, debe tocar. Una prédica que hace sufrir no sirve, se debe ir a lo concreto y lo concreto es tocar la vida. Hablar sobre la paz, solidaridad y poner atención a la interioridad. No se debe hablar a la cabeza sino al corazón. Nuestra pastoral ayuda poco a la interioridad, al silencio. Para hablar de esperanza se toca la interioridad, como tenemos necesidad de redescubrir, la fe, la esperanza, la confianza en casa, la relación cotidiana. Una pastoral que no genera una buena relación, que no genera lugares donde se pueda retomar ánimos de vivir, no es una pastoral plena”, precisó.

Finalmente, y tomando las palabras del Papa Francisco, se refirió a la pastoral en salida. “Estamos sufriendo un fuera de la cultura, nos mantenemos en un mundo aparte y la Iglesia en salida invita a superar la crisis y aprender de la realidad, para aprender que el Señor nos está dando signos fuera de la Iglesia. La Iglesia debe ser vista no como superior al mundo, sino como regalo para el mundo, entonces de nuevo seremos sal para la tierra, generadores de esperanza en nuestro tiempo”.

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