El sindicalismo: ¿Una institución en vías de extinción?

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Sindicalista

Raúl Jiménez Sanjinés (Revista El Waskiri)

El Sindicato de trabajadores ha sido la forma organizativa histórica del movimiento obrero, el cual surge a raíz de la primera revolución industrial que convierte el proceso artesanal a la producción masiva creando así las condiciones para que aparezca el obrero asalariado en un número suficiente para dar origen al movimiento proletario. Su función consistía en defender al trabajador para evitar abusos del poder y la arrogancia del empresario.

Hacia 1950 el movimiento obrero llegó a ser el más grande poder político mundial y el sindicalismo de trabajo se convirtió en la organización social más exitosa del siglo xx. 

El Sindicalismo surge como producto de la Revolución Industrial y puede ser definido como una asociación o agrupación formada para la defensa de los intereses económicos y laborales de un grupo de trabajadores asalariados, subordinados y dependientes.

Veinte años después comienza a declinar rápidamente amenazando en convertirse en algo irrelevante para la toma de decisiones, no sólo políticas, sino aún peor gerenciales, arriesgando incluso a perder su influencia local.

En el cambio de rumbo se proponen caminos alternativos. El trabajo ha sido pensado a la luz de los cambios tecnológicos que están en la producción y tienen que ser adoptados por toda empresa que pretenda competir en una economía liberal globalizada. 

Hoy se vincula a una empresa bajo modalidades contractuales poca o nada favorable a la asociación sindical. Los cambios en la composición de mano de obra difieren cualitativamente según la naturaleza comercial y el nivel de desarrollo tecnológico de la organización y de la imagen pública de la institución sindical y crisis de los modelos políticos de soporte y con ello contribuir a la propia supervivencia.

Se proponen cambios de rumbo, cambios alternativos de acción, el miedo al cambio y tenerlo todo bajo control.

En la situación actual se descubren cambios en la naturaleza de la producción y la composición de la mano de obra, falta de autonomía, ausencia de gestión moderna, deterioro de la calidad de liderazgo sindical y de la imagen pública de la institución sindical y crisis de los modelos políticos de soporte y con ello contribuyen a la propia supervivencia.

Hay necesidad de cambiar de rumbo, se proponen caminos alternativos de acción. El trabajo ha sido pensado a la luz de los cambios tecnológicos que están en la producción y tienen que ser adoptados por toda empresa que pretenda competir en una economía neo liberal globalizada. Los cambios en la composición de mano de obra difieren cualitativamente según la naturaleza comercial y el nivel de desarrollo tecnológico de la organización donde se aplica. Por ejemplo para las empresas manufactureras la inversión en tecnologías productivas modernas, solo se justifica en la medida que sirvan a un mercado grande o sofisticado para garantizar el retorno sobre una altísima inversión.

Para aquellas empresas que optan por la transición a tecnologías productivas avanzadas, una vez absorbido el trabajo manual humano por los medios de producción, se requiere encontrar un personal  con un perfil distinto, destinado a toma de  decisiones, procesamiento de información y definición de objetivos lo cual exige capacitación superior ya sea tecnológico  o universitario.

La falta de objetivos estratégicos propios y la incapacidad para proponerlos no solo por la falta de experiencia, más la crisis de liderazgo una característica propia de los tiempos de cambio acelerado y el sindicalismo no está exenta de esto.

Los reconocidos líderes del movimiento obrero hoy día se encuentran ante un cisma tecno-económico para el cual nadie estaba preparado. Es necesario un cambio de perfil y estilo, pero la resistencia al cambio es parte de la psicología humana. Los antiguos paradigmas dejan de conducir al éxito hay que pensar en una renovación generacional, la cual no existe, además de la resistencia a toda innovación, es lo que va frenando y dejando atrás al sindicalismo.

SINDICALISMO EN BOLIVIA 

 El Sindicalismo en Bolivia nació en la segunda década del siglo XIX, contra la decidida oposición de los gobiernos liberales. Fue en 1916 que los obreros de imprentas de la ciudad de La Paz, organizaron la Federación de Artes Gráficas, una sociedad mutualista y de resistencia, con el primordial objeto de defender sus intereses y luchar por el mejoramiento efectivo de las condiciones de vida y trabajo de sus afiliados, el ejemplo fue seguido por otras organizaciones, como los ferroviarios y los mineros, que a su vez organizaron grupos de defensa de sus intereses.

Antes de la Guerra del Chaco (1932-1935), la clase obrera era una clase postergada, perseguida y brutalmente reprimida principalmente en los regímenes conservadores y liberales. La guerra significó una integración en el dolor y el infortunio jamás logrado en tiempos anteriores, la gran revelación de lo que es el indio como asimilable y lo que puede dar de sí cuando se le pide esfuerzo organizado, se operó en esos días… rememora Federico Álvarez Plata en su libro “Lejos de casa”. La reflexión sobre la guerra y sus causas, sobre la derrota y sus motivos, incentivaron un verdadero fortalecimiento de las organizaciones y en los trabajadores una verdadera conciencia de sus condiciones, derechos y anhelos.   Aunque durante los gobiernos de la época fueron manipulados hábilmente por la política.

A fines del siglo XIX se produce la penetración imperialista en el país mediante las concesiones mineras, la construcción de ferrocarriles y la colocación de empréstitos y como efecto inmediato, la economía industrial artesanal cede su paso a la gradual explotación capitalista sobre todo minera. 

A mediados del siglo XX, el incremento de la producción, las innovaciones tecnológicas y la articulación de la economía minera al mercado, mundial, exige la incorporación de mayor fuerza de trabajo en las minas. Sistema de enganche de personal, que constituye una permanencia indefinida en el centro de trabajo debido al endeudamiento en que cae el trabajador al adquirir alimentos, bebidas, vestidos en los almacenes y pulperías empresariales, sin que le sea permitido abandonar el lugar debido a la distancia y vigilancia armada existente. Es de esta manera, el reclutamiento del trabajador y la remuneración combinada de dinero y alimentos que incorpora la coacción empresarial, como elemento tipificador de dichas relaciones.

 

Además de los niveles de sobreexplotación de aymaras y quechuas, de las condiciones de los obreros de la siringa en el norte gomero y esencialmente la explotación intensiva de mano de obra de complejos mineros cada vez más grandes y mejor dotados tecnológicamente, fue el campanazo para el surgimiento de un movimiento obrero todavía balbuceante que tuvo su origen  más en los artesanos y trabajadores de la incipiente industria urbana que en los centros mineros. A pesar de ese cambio Bolivia nunca contó con un proletariado significativo.

 

Hubo numerosos intentos, anteriores a la revolución de 1952, para lograr una organización que aglutine a los trabajadores y sectores populares en Bolivia. Unas anarquistas, otras influidas por ideas marxistas, estas organizaciones no solo fueron espacios de debate ideológico, también realizaron huelgas y manifestaciones de protesta, que lograron importantes reivindicaciones para los sectores populares, como la jornada de ocho horas y derechos laborales y sociales.  Asimismo, lograron la presencia de viejos actores que se transformaban, como los artesanos; y de nuevos actores que emergían con fuerza, como los ferroviarios, los gráficos, los obreros de las minas. También lograron aproximarse a otras agrupaciones que ejercitaban sus propias maneras de resistir la opresión: los indígenas. Fueron los años de construcción del sindicalismo,  de ganar espacios en  la sociedad dominante, de ejercitar métodos de lucha, de tratar de incursionar  en las esferas de la política nacional y de las decisiones del Estado.

 Aparecieron nuevos conceptos como "obrero", "productor", "trabajador"; sus adversarios fueron los gobiernos de turno, los patrones. Fue una etapa, ante todo, de acumulación de experiencia, de formación de identidades colectivas y de prácticas corporativas. 

 Hasta los años 30,  los mineros habían privilegiado su relacionamiento con los artesanos y los empleados con quienes compartían el mismo hábitat pueblerino.

 Pero a fines de los años 30, esta situación comenzó a cambiar la posición de los mineros que fueron fortaleciéndose mediante la organización de sindicatos de mina y de la creación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y la decidida incursión en la política nacional.

 La experiencia acumulada, la crisis del aparato represivo oligárquico, la emergencia de la izquierda partidista y las primeras manifestaciones estatales reformistas, facilitaron un crecimiento de sindicatos mineros que a diferencia de la Federaciones de años anteriores aglutinaban exclusivamente a los trabajadores mineros.

Los sindicatos contribuyeron a dotar a los mineros de un sentido de pertenencia grupal y a reconocer sus propios valores. Al tener un sólo comando organizativo y al practicar la negociación colectiva para solucionar los conflictos, redujeron el margen de riesgos.

 Lo que no pudieron desterrar definitivamente fueron odios de antigua data, que explotarían en los años de la postguerra.

 En  1944, durante el gobierno de Gualberto Villarroel, los mineros dieron otro paso organizativo importante al estructurar la FSTMB,  que contribuyó enormemente a sacar a los mineros de su anterior segmentación corporativa y regional expandiendo  la  solidaridad clasista e induciendo a comprender que la suerte de sus demandas dependía de su capacidad de sincronizar acciones con sus compañeros de labor. 

 Los mineros empezaron a sentirse parte integral de una masa compacta, distinta y adquirir, sobre todo, una voz contestataria.   

En ese marco el sindicalismo minero asumió una posición de fuerza que permanecerá intacta e incluso creciente hasta la reestructuración neoliberal y la crisis sindical de 1985. 

 El Congreso de Pulacayo (1946) determinó incursionar en la política parlamentaria. La particularidad en este punto consiste en que los mineros bolivianos hicieron su ingreso a la política vía sindicato y no vía partido. Situación que produjo un efecto de larga duración por el cual el sindicato pudo mirar al sistema de partidos en igualdad de condiciones, sino desde una escala superior.

 Esta singular situación boliviana estimuló tempranamente en la masa una mayor lealtad al sindicato que a la forma de partido. A partir de allí se votó y se actuó como clase compacta, organizada y orientada por las formas orgánicas sindicales y se constituyen en cabeza de la Central Obrera Boliviana (COB), fundada el 17 de abril de 1954.

 Apoyados en estas circunstancias, entre 1952-1956, mientras duró el Cogobierno entre la COB y el MNR, presidido por Víctor Paz, los mineros usaron su capacidad de presión para obtener conquistas laborales y forzar al Estado a políticas redistributivas. Igualmente, a tiempo de reafirmarse como un referente para el resto de las clases subalternas, participaron e impulsaron transformaciones estructurales que afectaron el orden señorial tales como la reforma agraria, el voto universal y la nacionalización de las minas, se organizó la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), el grupo sectorial más grande en la historia nacional.

 Pero la participación en los aparatos estatales y la lealtad con el partido gobernante, aunque no necesariamente con la ideología del nacionalismo revolucionario, duró hasta fines de 1956, cuando el poder ejecutivo se embarcó en una política de estabilización monetaria que afectó gravemente el nivel de vida minero, estos, y otros rasgos del modo de ser minero se diluirían brutalmente en la crisis minera de mediados de 1980.

 A partir de allí, los trabajadores del subsuelo retomaron su antigua desconfianza en el Estado y sus ocasionales titulares y se desplazaron hacia la sociedad civil. Su participación fue, por otra parte, decisiva para enfrentar la crisis de la COB, amenazada de división interna y asediada por el Gobierno.

 La crisis sindical se inicia en 1982- 1985, el sindicalismo del subsuelo vivió la epítome de su gloria y de su caída. La coyuntura de inicios de los 80s parecía coincidir con las demandas mineras de democracia social y redistributiva por la que habían bregado desde cuatro décadas atrás. Se interpuso empero la crisis de modelo de acumulación estatista, la emergencia de otros actores sociales de corte territorial, étnico y de género junto a la incapacidad propositiva de la izquierda, sepultando toda posibilidad de transformación radical.

La nueva situación comenzó a cuestionar la cultura política del sindicalismo minero y del movimiento obrero en general. Por otra parte, en los mismos años, los partidos de izquierda, aferrados a una visión instrumental del sindicato, empezaron a socavar la democracia obrera.

Como resultado, la propia matriz fundante del sindicalismo terminó por fragmentarse al quedar cada vez más en claro que la lógica de guerra, del todo o nada desarrollada por el sindicato no operaba con el mismo éxito de antaño.  

Esta constatación se hizo más clara en marzo de 1985. Sus demandas eran una mezcla de expectativas salarialitas y exigencias políticas. La confianza minera en sus métodos de lucha, en sus dirigentes y en general en la izquierda boliviana, terminó por debilitarse. La centralidad minera; esto es su capacidad de aglutinar e irradiar opciones dispersas y diversas, ganada a pulso y sangre, se esfumó y con ella toda una singular trayectoria y una memoria labrada en décadas de lucha.

A partir de entonces, los mineros dejaron de actuar como aquella clase agregada y como aquella multitud desafiante y sindicalmente compacta organizada y en cambio empezaron a buscar salidas individuales y dispersas, incluso bajo prácticas simbólicas colectivas.

Este sentimiento de desazón antecedió a la Nueva Política Económica (NPE) decretada el 29 de agosto de 1985 y en buena parte facilitó su posterior despliegue.

Los síntomas más evidentes de la crisis se hicieron patentes en 1986, este crucial año una dura batalla se libró al interior de la dirigencia sindical y de las bases. 

En el XXI Congreso Nacional Minero, realizado en Oruro en mayo de ese año, se confrontaron –por primera vez quizá en cuatro décadas- dos estrategias claramente contrapuestas: una de defensa, destinada a evitar el derrumbe de la COMIBOL y la otra maximalista, dentro el típico corte finalista de  los años cuarenta. Esta situación revelaba un acontecimiento que de cara a la historia y el mito, parecía anteriormente imposible entre los mineros: la radical escisión entre sus objetivos inmediatos y los estratégicos; entre sus proyectos de transformación estatal y las exigencias corporativas.

En agosto de 1986, los mineros, sus familiares y aliados opusieron a la NPE, con el trasfondo precedente de huelgas y paros, una nueva forma de lucha: la marcha denominada "Por la Vida", para defender el capital simbólico minero y el sustrato productivo de la minería nacionalizada, con la expectativa de frenar la inminencia de su parálisis.

En la Marcha ya no estaba, como un año atrás, entredicho la naturaleza íntima del Estado o la supervivencia del gobierno de turno, lo que se pretendía era recomponer un pacto asistencial capaz de evitar la destrucción física del proletariado minero. El 28 de agosto, el gobierno decidió cortar la Marcha con auxilio del Ejército y decretar el Estado de Sitio, obligando a los marchistas a retornar a sus distritos y sus campamentos.  

Más tarde se produjo un masivo desbande y miles de mineros abandonaron sus puestos de trabajo. En septiembre, un confrontado y dividido movimiento, exigió y logró la renuncia masiva de la dirección de la FSTMB. Un fenómeno que no había sucedido nunca desde su fundación, prueba inequívoca de la magnitud de la crisis minera.

Los retiros, en los que fue una verdadera huida colectiva, proliferaron incontenibles durante 1987, diezmando las filas mineras y poniendo en entredicho su centralidad y capacidad de irradiación social.

La dirigencia minera, frente al panorama que socavaba su propia existencia, se refugió en un discurso maximalista, en aparente contradicción con la evidente pérdida de prestigio, convocatoria y poder de sus representados. 

El impacto de la NPE había sido simplemente devastador el XXVI Congreso Nacional Minero, se realizó del 4 al 13 de  marzo de 1998. Las mermadas delegaciones acudieron a la mina aurífera Inti Raymi (Oruro), una de las empresas mineras privadas más grandes de Bolivia, la que congregó a delegados de las 36 minas privadas y las cinco estatales que aún quedaban.

Las deliberaciones, no concitaron la atención de la prensa, y por tanto de la ciudadanía. La declaración final, de aire trotskista, propugnó "la liquidación del modelo neoliberal, y por ende del sistema capitalista”. Nuevamente el objetivo estratégico, que aludía a antiguos escenarios, contrastaba nítidamente con la capacidad organizativa y política de las bases.   

Con los datos anteriores, lo primero que puede constatarse es que el impacto comunicacional de los congresos mineros post NPE no alcanzó las dimensiones de antaño, cuando todo el país se hallaba pendiente de sus conclusiones. 

El cambio en los referentes culturales, ha minado la vida orgánica sindical rompiendo las tradiciones acumuladas, produciendo procesos de individuación. Es decir, contemplamos en los años 90s la emergencia de sujetos que ya no están ligados a prácticas colectivas y cuya supervivencia depende de su astucia personal.

En este nuevo contexto las indemnizaciones extralegales, trajeron la oportunidad de un pequeño capital, tentador para hombres y mujeres que siempre habían carecido de todo, salvo la fuerza desnuda de sus manos y la fatiga de sus cuerpos  

Lejos de los socavones no hallarían más la fuerza protectora y el rol paternal del sindicato ni la solidaridad de la comunidad. Tampoco pulperías subvencionadas ni rotación laboral de padres a hijos. Si bien muchos de los que se quedaban lo hacían atendiendo a su fondo histórico y a su fina convicción que defendía una minería desde donde-pensaban- habían construido la nación. Otros, en cambio enarbolaban razones más pragmáticas que no eran otras que el temor al desempleo que los acechaba fuera de las minas. Por otra parte, las tesis congresales parecían ahora elaboraciones de las direcciones partidarias, frente al desencanto sino perplejidad de la masa.

Ya no se acudía a la democracia asambleísta ni a la votación abierta, a mano alzada. Se usa el voto secreto que servía algunas veces para aprobar un contrato de arrendamiento con la empresa privada, que alguna asamblea habría rechazado. Entre otras cosas la convocatoria a elecciones, que antes entusiasmaba a los actores del momento, no suscitó entusiasmo pues nadie se presentó a la convocatoria a elecciones de la FSTMB que estaban precedidas por una campaña mina por mina, y ya no se decidía, libremente durante las deliberaciones congresales.  Por otra parte, existían enfrentamientos entre los mineros subsistentes y los cooperativistas sus ex colegas de trabajo, que pugnaban por beneficiarse de una parcela y por apropiarse singularmente de un territorio, en cuya defensa por su propiedad colectiva, hasta no hace mucho, generaciones dejaron su sangre y   habían conocido la dureza de la cárcel y del exilio Y aunque la situación no ha llegado a un punto capaz de anular las últimas reservas morales sindicales,  hay cosas sobre las que no se transige como el respeto al fuero sindical y la defensa de los perseguidos y encarcelados la historia común se dispersó, la leyenda se opacó.

Algunos estudios sugieren que en las minas privadas priman una condición de inestabilidad laboral, una incertidumbre organizativa y un egoísmo socializado. Resta saber si esta dará paso a nuevas formas organizativas y a una cultura de protesta acorde al universo de post modernidad y la calidad total imperante. En las postrimerías del siglo XIX e inicios del XX, enarboló con los mismos métodos del tropel, de la dinamita y del fusil, banderas contra la modernización, esta vez neoliberal.

BIBLIOGRAFÍA

 - Cavazos Flores, Baltazar (1997), El Nuevo Derecho del Trabajo Mexicano Editorial Trillas.

- Vicepresidencia del estado plurinacional de Bolivia (2009), Constitución Política del Estado.

- Cajias de la Vega, Magdalena: Sobre los pasos de la Vida y la Agonía de la COB.- Fundemos,

 - Editorial Garza Azul. Noviembre 2000.  - Eróstegui Torres, Rodolfo (2000), Crisis Sindical Boliviana: Una Nueva Lectura Desde Una Nueva Realidad.

- Fundemos, Editorial Garza Azul.  - Jiménez Sanjinés, Raúl (2001), Lecciones de Derecho Laboral. La Paz-Bolivia .Ed. Popular.

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